19 de marzo de 2015

Las ciudades dormitorio y la movilidad suburbana

Antes del siglo XIX la mayor parte de la gente de las villas y ciudades (artesanos, comerciantes) trabajaba a menos de 2 km de su lugar de residencia y evidentemente hacía este recorrido andando. Hasta hace no mucho más de un siglo la mayor parte de la gente vivía, trabajaba y se relacionaba en una vecindad que podían abarcar a pie. Hoy la mayoría de las personas se tiene que desplazar una distancia considerable entre su casa y su lugar de estudio o trabajo y a quien tarda menos de media hora se le considera un afortunado.

Este desplazamiento diario desde el lugar de residencia (en la periferia suburbana) hasta el lugar de estudio o trabajo (ya sea en el centro o en la periferia) suele ser en general mediante transporte público, normalmente con uno o más transbordos. Aunque también hay muchos desplazamientos en coche particular e incluso una minoría de desplazamientos en bicicleta.

Estos largos desplazamientos suburbanos, entre diversas líneas de tren de cercanías y de metro, son un fenómeno creciente en las modernas áreas metropolitanas, rodeadas de diversas ciudades dormitorio con un menor precio del suelo y de la vivienda. 

En el siglo XIX, con las fábricas instaladas en las ciudades, surgieron los primeros barrios periféricos conectados por ferrocarril metropolitano (suburbano o de cercanías) con el centro de la ciudad y los primeros usuarios a diario del ferrocarril para sus desplazamientos al trabajo. De la tarifa reducida por el uso frecuente (commuted fare o tarifa suburbana) procede la denominación anglosajona de commuters para designar a estos viajeros suburbanos. 

Tras la segunda guerra mundial en torno a algunas grandes urbes europeas (Berlín, París, Londres) se crearon nuevas ciudades en zonas originariamente rurales o semi-rurales alejadas de la gran urbe (50 – 80 km), debido a las viviendas destruidas por los bombardeos y al deseo de incentivar el desarrollo económico fuera de las grandes ciudades. Este desarrollo suburbano tuvo lugar al mismo tiempo que el cambio del ferrocarril al coche como medio de transporte y a partir del despegue del automóvil en los años 50 y 60 muchos viajeros suburbanos optaron por el coche particular como alternativa al transporte público en sus desplazamientos cotidianos. 

En la segunda mitad del siglo XX hubo en España oleadas de inmigrantes del campo a las ciudades, lo que supuso el nacimiento de suburbios y de ciudades dormitorio que han crecido por su cercanía a la gran ciudad. En estas ciudades dormitorio se ha perdido el vínculo entre lugar de residencia y lugar de actividad económica. Son ciudades impersonales, todas iguales, que se han desarrollado sin planeamiento urbanístico y carecen de servicios básicos como educación, salud o comercio. Muchas ciudades dormitorio recientes se han desarrollado sin planificar en paralelo líneas de ferrocarril suburbano, lo que ha propiciado el aumento del automóvil particular para los desplazamientos cotidianos (hasta la urbe o hasta un park & ride). Son ciudades impersonales sin capacidad de empleo, que exportan a diario mano de obra a la gran ciudad o a las industrias y servicios de la periferia.

Rick Lyman, editor en el NYT, explicaba en 2008 este fenómeno de los desarrollos urbanísticos discontinuos y centrífugos: “comienzan cómo desarrollos a medio hacer de unos pocos cientos de viviendas, rodeadas de maleza, en el extremo del suelo urbanizado. Luego estas viviendas crecen, al principio de forma gradual pero pronto con una fuerza explosiva, atrayendo a comercios, creando algunos puestos de trabajo y luchando por mantenerse al día con la demanda de más escuelas, más carreteras y más de todo. Y con el tiempo, cuando ya no queda más suelo y los precios de las viviendas se han disparado, vuelve a empezar todo el ciclo a otros 10 km más adelante de la autovía”.


En estas ciudades dormitorio se repite desde primeras horas de la mañana el mismo fenómeno, los mismos viajeros a las mismas horas cogen los mismos trenes y/o autobuses. Todos entran a trabajar a la misma hora, hay grandes congestiones de tráfico y los trenes van abarrotados. Estos ciudadanos no hacen su vida en el lugar donde duermen, sino que llegan a hacer su vida en el tren, que se convierte en una prolongación de sus hogares, y ahí pasan horas toqueteando sus smartphones, leyendo, dormitando, maquillándose, pelando plátanos o mandarinas, soñando historias con sus compañeros de viaje o simplemente sin pensar en nada.

Estos largos viajes repetitivos les suponen costes económicos (unos 80 € al mes en el abono de transportes), costes de tiempo (unas 2 ó 3 horas al día, a costa de sus horas de descanso o de ocio) y una rutina laboral estirada al máximo, lo que representa un gran desgaste físico.

Cada esforzado viajero tiene su recorrido cotidiano calculado al minuto, cada transbordo está cronometrado, todos los commuters se mueven apresuradamente, visitan a diario la gran ciudad pero nunca tienen tiempo de conocerla o disfrutarla. Todo lo contrario a la tendencia del movimiento slow. Las estaciones de cercanías de las ciudades dormitorio se llenan a primeras horas de ciudadanos somnolientos y a últimas horas de ciudadanos agotados. 

El fenómeno de los commuters está muy difundido y muy estudiado en el Reino Unido donde, a partir del censo de población y de la dirección de residencia y de trabajo, se han definido las TTWAs (travel to work areas) como herramienta estadística -de uso más sociológico que administrativo- de planificación urbanística y de ordenación del territorio, de planificación del transporte público y de análisis del mercado laboral. Una TTWA es una zona geográfica en la que al menos el 75% de los residentes trabajan en la misma zona y al menos el 75% de los trabajadores (que deben ser al menos 3.500 personas) viven en la misma zona. A medida que aumenta la distancia de los viajes cotidianos el número de TTWA decrece. En el Reino Unido había 334 TTWA en 1981, 314 en 1991 y 243 según el último estudio llevado a cabo por el equivalente británico al Ministerio de Administraciones Públicas. 

La movilidad pendular extrema debiera inducirnos a una reflexión sobre el necesario equilibrio entre la elección del lugar de residencia y sus efectos en el ámbito laboral, en el coste de la vida, en los viajes de ida y vuelta diaria al trabajo, en cómo nos relacionamos con la ciudad donde vivimos, etc. En resumen, en buscar un equilibrio entre el coste de la vida y la calidad de vida. Como decía la inolvidable Mafalda, fuente inagotable de sabiduría popular, "tal vez la vida moderna esté teniendo más de moderna que de vida”.

7 de marzo de 2015

Sociología urbana

El estudio de la ciudad como el espacio físico donde vivir, relacionarse y participar surge por una parte de la necesidad de ordenar el espacio urbano y por otra de la necesidad de explicar -desde muy distintos puntos de vista- las relaciones entre los seres humanos en un determinado hábitat.

La concentración de la población en las ciudades, que en la actualidad ha alcanzado dimensiones espectaculares, es un fenómeno inédito en la historia mundial y plantea nuevos desafíos que se deben afrontar desde una visión integral.

La sociología urbana se centra en el conocimiento de las distintas teorías sociológicas sobre las ciudades y en el estudio de diversos fenómenos urbanos, como la globalización, la multiculturalidad, las políticas urbanísticas, la participación ciudadana o los instrumentos de gestión urbana. El estudio sociológico sobre la vida y las interrelaciones humanas en las zonas metropolitanas permite obtener información sobre las ciudades y su función en el desarrollo de la sociedad, para que puedan ser tenidos en cuenta de cara a futuros planeamientos urbanísticos.

Las bases teóricas de la sociología urbana fueron planteadas a finales del siglo XIX por sociólogos franco-alemanes como Karl Marx, Ferdinand Tönnies, Émile Durkheim, Max Weber y Georg Stimmel, tras estudiar los procesos económicos, sociales y culturales del fenómeno de urbanización que tuvo lugar en Europa en la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con el apogeo de la primera revolución industrial. En esta época, en paralelo con la industrialización de muchas regiones y ciudades europeas, tuvo lugar la expansión física de las ciudades desde el centro histórico hacia las afueras, con el diseño y la construcción de Ensanches urbanos y de nuevos barrios residenciales e industriales en las afueras.

Estos primeros trabajos surgidos en Europa fueron analizados y ampliados con nuevos enfoques (inmigración, relaciones raciales, movimientos sociales) por los miembros de la Escuela de Sociología de Chicago, entidad muy influyente entre 1915 y 1940, centrada en estudiar cómo el aumento de la urbanización durante la primera revolución industrial había contribuido a acrecentar los problemas sociales contemporáneos. 

La ciudad de Chicago había pasado de ser una población de 30.000 habitantes en 1850 a ser una metrópoli de 2,7 millones en 1920, habiendo acogido a cientos de miles de inmigrantes europeos (irlandeses, alemanes, polacos, checos, italianos) y de los Estados del Este de los EEUU. El gran incendio de 1871 había supuesto la práctica destrucción y la posterior reconstrucción completa del centro de la ciudad. El enorme crecimiento demográfico posterior había tenido como efecto un cúmulo de problemas sociales de todo tipo, ya sean laborales (muchas horas de trabajo, bajos salarios), sanitarios (hacinamiento, condiciones de vida duras), culturales (asimilación e integración de las subculturas nativas de los distintos inmigrantes), derechos humanos, disturbios raciales contra los inmigrantes de raza negra (nueva oleada de inmigración en los años 20 y 30), bandas de gangsters...

También a finales del siglo XIX la ciudad de Chicago se había convertido en referencia internacional en arquitectura y en infraestructuras urbanas, con obras de arquitectos como Henry Hobson Richardson, Daniel Burnham, Dankmar Adler o Louis Sullivan (mentor de Frank Lloyd Wright), con edificios construidos con estructura de acero y fue Chicago -y no Nueva York- la ciudad pionera en rascacielos al construir en 1885 el primero del mundo, el Home Insurance Building de 10 pisos de altura.

La Escuela de Sociología de Chicago añadió a las ideas de Marx y Weber los criterios de ecología y valores culturales. Entre sus miembros destacaron Robert Ezra Park, creador del concepto de ecología humana y Ernest Watson Burgess, autor en 1923 junto a Park del modelo de las (6) zonas concéntricas de la ciudad: el centro de negocios, la zona de fábricas (barrios degradados), la zona de transición de usos comerciales y residenciales, la zona residencial de las clases obreras (alquileres), la zona residencial de las clases acomodadas y la zona suburbana (ciudades dormitorio) para explicar las estructuras de las ciudades, la distribución de los grupos sociales en las zonas urbanas y el valor del suelo en cada zona.

Louis Wirth completó estos trabajos con el estudio del comportamiento de los distintos grupos minoritarios en los ghettos urbanos, resaltando los efectos contradictorios de las grandes ciudades. Por una parte “la urbanización es una forma de organización social que resulta dañina para las identidades culturales” mientras que “en todas partes las ciudades son centros de tolerancia y libertad, el hogar del progreso, las invenciones, la ciencia y la racionalidad”. Esta distinción espacial entre barrios contribuyó al aislamiento de las relaciones entre clases sociales en la ciudad moderna y desplazó a la clase media lejos del centro urbano hacia las zonas residenciales de las afueras.

En los años 70 – 80 del siglo XX comenzaron a difundirse otras teorías sobre sociología urbana adicionales a las de la Escuela de Chicago, con los trabajos de Claude Serge Fischer sobre la teoría subcultural de los urbanitas (1975), de Barry Wellman sobre relaciones sociales entre individuos y en la vida en comunidad, del geógrafo David Harvey o de Manuel Castells sobre la sociedad de la información. A finales del siglo XX la sociología urbana confluyó con la economía y el urbanismo, destacando las aportaciones de Paolo Perulli, François Ascher o Víctor Urrutia.

En la actualidad, además de la sociología, la economía y el urbanismo, es preciso considerar también la energía (gestión de la demanda, generación distribuida) y el medio ambiente (contaminación atmosférica, ruidos, gestión de residuos) y las tecnologías de información y comunicación (TIC) para abordar de forma integral los retos de las ciudades post-industriales.

Solo desde esta visión global, resaltando el papel de la sociología urbana, pero conjuntamente con el resto de disciplinas, se podrán diseñar adecuadamente las smart cities del siglo XXI para reforzar los aspectos positivos y paliar los aspectos negativos de la nueva civilización metropolitana.

23 de febrero de 2015

Reducir los residuos generados en las oficinas

Desde hace décadas los ciudadanos que trabajamos fuera de casa repartimos nuestro tiempo más o menos a partes iguales entre el trabajo, el descanso y el ocio. Y casi todas ellas las hacemos dentro de un edificio. En el mundo urbano la mayor parte de las actividades laborales tienen lugar en oficinas, en las que desde hace unos años lo más habitual es trabajar ante un ordenador. 


Cualquier actividad humana genera residuos y el trabajo en una oficina no es una excepción. Los residuos que se generan en las oficinas son básicamente papel y consumibles informáticos (cotidianos), así como restos de equipos informáticos (ocasionales), además otros residuos (derivados del uso del edificio como luminarias fundidas) y restos de alimentos (del café y de la comida). Más en concreto, se generan restos de papel (y su variante de papel triturado para documentos confidenciales), restos de material de papelería (bolígrafos, material de oficina), restos de consumibles de informática (cartuchos, toners, CDs, diskettes) y restos de comida (orgánicos, café, té, platos y vasos desechables).

En cuanto a categorías se pueden clasificar en residuos asimilables a domésticos, objeto de  recogida selectiva para su tratamiento externo y en residuos especiales (RAEE, de informática, pilas, luminarias), objeto de recogida selectiva en contenedores y de entrega a un gestor autorizado.

En cualquier oficina se puede abordar un plan interno de reducción de la generación de residuos que sirva además para mejorar la conciencia de equipo de trabajo. Este plan podría comenzar con la designación de un grupo de prevención de residuos, encargado de generar ideas (brainstorming), de aumentar la concienciación y de motivar a los compañeros de trabajo.

Lo siguiente podría ser una auditoría sobre residuos, analizando a diario durante una semana las papeleras de cada puesto de trabajo para saber qué cosas se tiran en cada una de ellas. Esta auditoría interna permitirá identificar qué corrientes de residuos se pueden reciclar (normalmente papel y material de papelería). Y para cerrar el círculo y aumentar la demanda de productos reciclados convendría empezar a usar papel reciclado.

En cuanto a los equipos informáticos conviene configurar todas las impresoras y fotocopiadoras para imprimir a doble cara (menos gasto en papel) y con calidad borrador (menos gasto en toner). Además, junto a las fotocopiadoras e impresoras se pueden colocar papeleras de recogida separada de papel, a modo de recordatorio. También es importante adquirir la costumbre de no imprimir por sistema todos los mensajes que se reciben por correo electrónico. Y respecto a consumibles informáticos, conviene usar cartuchos de tinta rellenables y pilas recargables.

Otras ideas pueden ser organizar una brigada (por ejemplo de personal administrativo) encargada de recoger de los puestos de trabajo todo el material de papelería no reciclable (bolígrafos y similares) que esté fuera de uso. Y también se puede decretar una “aministía" sobre el material de papelería, en la que cada empleado pueda devolver sin ser preguntado todo el material de papelería sin usar que celosamente guarda en sus armarios.

Las habituales prácticas oficinistas de tomar el café de media mañana y de comer comida traída de casa también implican generar más residuos en la oficina. Las máquinas de autoservicio, que se reponen externamente, resultan cómodas pero suponen una importante fuente de residuos (vasitos y cucharillas de plástico de usar y tirar, sobres de azúcar).  En este sentido conviene pensar en volver a la máquina cafetera tradicional y al bote de café y de azúcar y a las tazas de loza, así como en contar con vasos, tazas, cubiertos y servilletas para cada empleado, que incluso se pueden personalizar con su nombre y guardar en un sitio fijo.

También es importante concienciar a los empleados para que traigan a la oficina comida casera en recipientes, fiambreras  o tarteras reutilizables, en vez de comida envasada de supermercado. Y no solo por la reducción de residuos, sino también por mejora de la salud nutricional. Además conviene tener en el espacio para la comida cubiertos no desechables. En el armario del espacio para comer también se pueden guardar bolsas desechables para reutilizarlas colectivamente, de forma que cada empleado no tenga que traerse su bolsa desde casa.

Los embalajes de los envíos que se reciben en una oficina (proveedores, mensajería) suponen una importante corriente de residuos. Para reducirla se puede solicitar a los proveedores / mensajeros que se lleven los embalajes tras la entrega del material.

En el caso de que el edificio de la oficina lo posibilite se podría pensar en habilitar un pequeño huerto urbano donde compostar y utilizar como fertilizante los restos de frutas, los posos de café, etc.

Los muebles viejos (mesas, sillas, armarios), los teléfonos móviles en desuso y los cartuchos de impresora no rellenables se pueden entregar a organizaciones benéficas especializadas.

Para terminar y para poder aumentar la conciencia de equipo, una vez llevado a cabo con éxito el plan de reducción de residuos se puede dar a conocer en las redes sociales. 

En resumen, unos pocos gestos de sentido común pueden permitir un importante ahorro económico, más espacio en los armarios y en los puestos de trabajo, más satisfacción para los empleados y una mejora de la imagen de la empresa.

16 de febrero de 2015

La figura del emprendedor

Los emprendedores son personas que se lanzan a la aventura de poner en marcha un proyecto empresarial. Los motivos que les impulsan son diversos (vocación, necesidad, etc). Ser emprendedor es una cuestión de aptitud personal (de capacidades) y una cuestión de actitud vital (visión, vocación). No es un camino fácil ya que hace falta mucho esfuerzo y trabajo diario, hay que renunciar a un empleo fijo y a las vacaciones remuneradas y hay elevadas probabilidades de fracaso (a los 10 años tan solo sobrevive el 30% de las nuevas iniciativas empresariales), pero si el intento sale bien puede suponer grandes gratificaciones.

El fomento de la cultura emprendedora es de gran importancia para el desarrollo económico de las regiones y para el crecimiento y la diversificación del sector privado. La cultura emprendedora contribuye a la formación de capital, a reducir la concentración de poderes económicos y a crear oportunidades de empleo y riqueza en la región.

¿Se nace con el espíritu emprendedor o se va haciendo a lo largo de la vida? Pues ambas cosas, ya que algo se lleva en los genes, pero sobre todo se acentúa o se difumina durante la educación. Los genes y la vocación son algo innato, y en cuanto a capacidades a lo largo de la vida todo se puede aprender (idiomas, finanzas, marketing, a investigar mercados, a innovar productos o procesos, a hacer un plan de negocio, a tomar decisiones, a gestionar riesgos…).

Y es que una empresa es un proyecto dinámico con riesgo permanente. A la empresa le caracteriza el riesgo y por asumir ese riesgo es lícito que la empresa aspire a lucrarse. Cualquier emprendedor debe tener muy claro el equilibrio entre lo que pretende conseguir y lo que está dispuesto a arriesgar para conseguirlo.

Si algo se puede imaginar se podrá lograr, aunque el empresario auténtico es quien lo hace, no quien lo sueña. Para poder llegar al éxito de una nueva iniciativa empresarial en primer lugar es preciso definir muy claramente lo que se pretende obtener, para luego pasar a la acción, revisando constantemente si lo que hacemos nos acerca o nos aleja de nuestros objetivos. Evidentemente hay que ser capaces de flexibilizar las acciones que nos lleven hacia nuestra meta final.

Algunas características comunes en muchos emprendedores son la pasión, la confianza, la autoestima, la iniciativa, la fe en sus ideales, la claridad de sus valores, la ética, la tolerancia al fracaso, la capacidad de aprendizaje, las ganas de trabajar, el saber escuchar, el sentido de oportunidad, el trabajo en equipo, el optimismo, la asertividad, el entusiasmo, la estrategia, la planificación, la acción, la paciencia, el tesón, la resolución (toma de decisiones), la determinación, el coraje, la energía, el dominio de la comunicación. Sin embargo, cada emprendedor y cada empresa tienen sus características propias.

Desde el punto de vista de imagen social, en algunos países (la cultura anglosajona y nórdica) tanto la figura del profesor como la del emprendedor están muy valoradas y son muy respetadas, pero en otros (la cultura latina) no es así.

Los países punteros en iniciativas empresariales son muy conscientes de que fueron los emprendedores quienes cambiaron su sociedad en el pasado y quienes han establecido las bases de la sociedad actual. Los emprendedores siempre han buscado el cambio, lo afrontan y lo consideran una oportunidad. En estos países, aparte del referente social, existe un ambiente propicio al emprendimiento y no tanto por las ayudas sino por la ausencia de trabas (sin burocracia excesiva, servicios de asesoría, acceso a la financiación).

La etapa educativa es fundamental para desarrollar el espíritu emprendedor, que quedará consolidado con la cultura de la sociedad donde la persona está inmersa. En algunas latitudes (California, Massachussets, Finlandia, Israel, Singapur o Taiwan) montar una empresa, crecer y financiar a nuevas iniciativas emprendedoras es un modelo social de éxito, el referente al que muchos estudiantes aspiran.

Pero en otras latitudes más cercanas abundan los estudiantes que al empezar la escuela quieren ser astronautas y al salir quieren ser funcionarios. Se prefiere la calidad de vida, un empleo fijo, un trabajo sin riesgos de mercado y un horario atractivo que permita conciliar el trabajo con la vida personal.

Sin embargo en todas partes existen muchos jóvenes con talento, motivación y buenas ideas, que además están dispuestos a trabajar con tesón y a asumir ciertos riesgos para hacerlas realidad. Para evitar que se vayan a desarrollarlas a otras regiones es preciso animarles a que establezcan sus empresas aquí. Y para ello son inevitables cambios de mentalidad por parte del resto de la sociedad, en línea con lo antes expuesto.

Hacen falta cambios en el sistema educativo, reducir la brecha que existe entre la Universidad y las salas de juntas de las empresas. Hay muchos jóvenes titulados que no pueden encontrar un trabajo, pero lo más triste es que lo que han aprendido en las aulas no les hace plantearse siquiera la posibilidad de crearse un trabajo para ellos mismos.

Además se necesita un impulso práctico (no teórico) al acceso a la financiación para nuevas iniciativas empresariales. Aparte de las fuentes clásicas (las 3F: family, friends and fools) hay que conjuntar e implicar a otras fuentes de financiación como fundaciones, entidades públicas, entidades financieras, business angels, fundraising o crowdfunding. Y una vez recibido este empujón inicial, el emprendedor debe tener claro que el buen dinero viene de los clientes, mientras que el mal dinero viene de los inversores.

En todas las regiones se necesita fomentar el emprendizaje y reconocer la figura de los empresarios por el bien de la sociedad del futuro. Uno de nuestros retos es no desperdiciar el potencial y la creatividad de nuestros jóvenes, personas inconformistas que con sus ideas más o menos locas van a cambiar el mundo.