12 de septiembre de 2017

Nuevas soluciones de recogida de residuos en las ciudades

La recogida y el transporte de los residuos municipales es responsabilidad de las administraciones municipales. Desde hace muchos años en nuestras ciudades contamos con camiones de recogida domiciliaria (o en fábricas) de las basuras. Más recientemente se han puesto en práctica sistemas de recogida selectiva de distintas fracciones (separando en origen, para facilitar el reciclaje posterior). 

El resultado es que las calles de nuestras ciudades están llenas de contenedores y que la recogida y el transporte se suele hacer mediante camiones ruidosos y contaminantes. Por lo tanto, la primera etapa de cualquier sistema de gestión de residuos resulta muy poco ecológica y bastante molesta para los ciudadanos.

En algunos barrios de algunas ciudades se han instalado soluciones alternativas de recogida y transporte de residuos, soluciones basadas en el depósito y el transporte subterráneo de los residuos mediante nuevas galerías y nuevas redes urbanas que funcionan bajo un concepto de recogida y de agregación de cada fracción de residuos.

En la actualidad estas tecnologías (suecas, finlandesas, alemanas) han sido perfeccionadas, modernizadas y automatizadas y se aplican regularmente a nuevos desarrollos urbanísticos, nuevos barrios…

Los puntos de recogida de cada fracción de residuos (papel, orgánica, resto) pueden ser intemperie o bajo cubierta y están accesibles las 24 horas del día. Cada fracción de residuos se deposita en bolsas a través de unas bocas de descarga diferenciadas, en superficie, y caen y son almacenados en un contenedor subterráneo. Existen sensores del nivel de llenado de cada boca y contenedor. Cuanta mayor capacidad tengan los contenedores soterrados mayor será el intervalo de vaciado. Cada cierto tiempo (horas o días, según la capacidad de la instalación) estos contenedores subterráneos son vaciados y su contenido es transportado neumáticamente hasta otros contenedores mayores, ubicados en estaciones de transferencia subterráneas, distribuidas en distintos barrios de la ciudad. La distancia típica de esta red es de unos 2 kilómetros. Cuando estos contenedores intercambiables se llenan son transportados hasta las plantas de reciclaje y tratamiento para su aprovechamiento material o energético.


La red de tuberías subterráneas está formada por tubos soldados, de unos 500 mm de diámetro, con especial cuidado en el diseño de los codos para evitar atascos. Existen variantes de transporte por depresión, sobrepresión y vacío. Todo este tráfico subterráneo de residuos es automático y se supervisa desde un puesto de mando central, ubicado en alguna de las estaciones de transferencia subterráneas. El personal de recogida y transporte por carretera es sustituido por personal de supervisión y de mantenimiento de la red de galerías soterradas.

Para diseñar un sistema de recogida neumática de residuos hay que tener en cuenta el volumen de residuos a recoger, la climatología local y las condiciones del subsuelo, así como el planeamiento urbanístico y la red de galerías subterráneas existente. Se suele diseñar una boca de descarga por cada 150 residentes y es cada vez más habitual que la descarga vaya protegida mediante clave (tarjeta magnética, lector) para identificar al usuario y facturar según el volumen depositado.
El ciclo de vida de estas infraestructuras (bocas de descarga y tuberías subterráneas) es de hasta 60 años. En ocasiones se han podido aprovechar galerías urbanas en desuso (antiguas líneas de ferrocarril o metro, antiguas galerías de desagüe) para este transporte subterráneo de residuos.

La recogida neumática de residuos es una alternativa a la recogida tradicional mediante camiones. Se puede aplicar gradualmente y resulta interesante en el caso de zonas densamente pobladas en los centros urbanos, en centros comerciales, en barrios periféricos (nuevas urbanizaciones con más de 2.000 habitantes), en hospitales, en aeropuertos, etc. 

La puesta en práctica de este tipo de soluciones supone inversiones considerables, pero se obtienen períodos de retorno de las inversiones de unos 10 años. Estas soluciones permiten reducir los costes de recogida (personal, camiones, combustible), reducir el tráfico urbano (y sus correspondientes emisiones de GEI), reducir los ruidos y las emisiones contaminantes de la flota de camiones, recuperar abundantes espacios públicos urbanos y en definitiva mejorar la calidad de vida y la imagen de la ciudad.

Igual que con la recogida tradicional, con la recogida neumática de residuos se obtienen buenos resultados de recuperación y reciclado si los ciudadanos usamos correctamente los sistemas de recogida.

16 de agosto de 2017

Acciones individuales contra el cambio climático (II)

Pero nuestros nuevos comportamientos ciudadanos para mejorar el futuro de nuestro planeta no se limitan al consumo de alimentos. Hay muchos otros frentes abiertos que podemos abordar con nuevos hábitos.

La mayor demanda residencial de nuestro sistema energético, adicto a los combustibles fósiles, es la calefacción y climatización en edificios. Los ciudadanos occidentales tenemos arraigada la costumbre de desplazarnos desde nuestros hogares climatizados hasta nuestras oficinas climatizadas a bordo de nuestros coches climatizados. Es evidente que en muchas zonas geográfica se “necesita” climatización para los casos de temperaturas extremas en invierno y en verano pero ¿de verdad necesitamos estar a 21ºC siempre y a lo largo de todo el año? Bajemos el termostato e incluso dejemos la climatización tan solo para los casos más extremos, de forma que cuando las temperaturas exteriores son moderadas vivamos en el clima que nos envuelve. De esta forma podremos volver a sentir en parte los ciclos de la naturaleza, de los que tan desconectados estamos.

El libro Without hot air del profesor británico David MacKay proporciona de forma amena y didáctica muchísimos datos sobre el impacto climático de cantidad de acciones cotidianas. Su título es un juego de palabras: si dejamos de quemar combustibles fósiles para calentar el aire de nuestras casas (calefacción a veces innecesaria y en general con combustibles fósiles) dejaremos de propiciar el calentamiento global.

A modo de ejemplo, un gesto tan sencillo como dejar de usar la secadora de ropa y dejar que nuestra ropa se seque en el tendal, tiene como beneficio inmediato el ahorro de energía fósil y además que la ropa dure mucho más. De esta forma el desgate de la ropa es menor y no es preciso reponer la ropa con tanta frecuencia. Lo que quiere decir que no se transportan desde Asia nuevas remesas de ropa en barcos que consumen combustibles sucios y contaminantes.

Si votando con la cabeza nuestros políticos no nos satisfacen una opción es votar con los pies. Cada vez que nos desplazamos por la ciudad en nuestro coche particular, votamos por el coche; cada vez que vamos en bici, votamos por la bici. Votamos sobre lo económico (el combustible que hay que comprar o no) pero también votamos sobre lo pragmático. En esta época en la que en muchas grandes ciudades son habituales episodios de contaminación atmosférica a causa del tráfico, los departamentos de transporte urbano hacen un seguimiento meticuloso del uso de las carreteras y de los viajes de tránsito. Nuestros gobernantes municipales son sensibles a las demandas de sus votantes. En las ciudades en las que hay más ciclistas es más probable que las infraestructuras ciclistas tengan más soporte. Donde hay muchos peatones, la mayoría de los departamentos de movilidad urbana intentarán hacer que las calles sean más seguras y amigable para los peatones, en detrimento de los coches.

Nuestro consumismo desenfrenado tiene como efecto inmediato la generación de un enorme volumen de residuos, que es preciso gestionar de forma adecuada. El reciclaje de residuos surgió hace varias décadas como una virtud ciudadana antes de que supiésemos que teníamos un problema con las emisiones de GEI y resulta que el transporte y el procesamiento de los materiales para su reciclaje resulta muy intensivo en CO2. Reciclar sigue siendo más eficiente en cuanto a energía que hacer nuevos productos, pero la reducción del consumo y la reutilización son aún más limpios y deben ser la opción principal. Una forma de propiciar la reducción y la reutilización, ya explicada en entradas previas, es el consumo colaborativo.

Después de haber hecho todo lo anterior, usando el sentido común y sin caer en extremismos, aún seguiremos siendo responsables de algunas emisiones inevitables hasta que nuestra sociedad cambie sus hábitos de consumo. Los ciudadanos más concienciados pueden compensar estas emisiones y para ello las Naciones Unidas han hecho esta compensación fácil, barata y fiable, de forma que cada ciudadano pueda decidir a qué destinar sus aportaciones económicas.


Los seres humanos solemos ser reacios ante cambios de comportamiento. En ocasiones llegamos a recurrir a nuestros hijos para justificar nuestras acciones. Las frases justificatorias “Como tengo hijos tengo que comprar carne” o “Tengo hijos, por lo tanto debo ir en coche” son como decir “Tengo hijos, por lo que tengo que destruir su futuro”. La huella ecológica de nuestros hábitos de consumo aumenta con cada generación y algunos investigadores han estimado que cada hijo aumenta la huella de carbono de su padre en más de 5 veces. Las habilidades ciudadanas para sobrevivir en el siglo XXI son educar a pequeños vegetarianos que sepan cómo vivir en armonía con el clima y que usen el transporte público.



31 de julio de 2017

Acciones individuales contra el cambio climático (I)

La mayoría de los ciudadanos creemos que la amenaza del cambio climático es real y que habría que hacer algo para combatirlo. Pero muchos creemos que quien debe responsabilizarse de hacerlo es “alguien” (ajeno a nuestro círculo). La inacción en este tema de muchos de nuestros gobernantes dura ya demasiados años y, tras las elecciones presidenciales de 2016 en EEUU, ha quedado claro que los gobiernos, ellos solos, no van a resolver el problema del cambio climático.

Así que esta inoperancia de nuestros gobernantes nos deja a los ciudadanos con la patata caliente. Una primera reacción es tomar buena nota para las próximas citas electorales. Pero otra reacción más meditada y concienciada es, además, nuestra actuación consciente como ciudadanos, mediante nuevos hábitos de consumo.

Por suerte hay bastantes cosas sobre la que los ciudadanos podemos actuar en nuestro comportamiento cotidiano. Vamos a comentar algunos comportamientos (decisiones meditadas) que pueden parecer pequeñas cosas, pero son acciones muy efectivas para mejorar el futuro de nuestro planeta.

En ocasiones los ciudadanos nos podemos sentir impotentes para transformar por nosotros mismos los sectores del transporte, la energía o la industria, por lo que queremos que alguna entidad poderosa se encargue de ello en nuestro nombre. Pero mientras nos vemos incapaces tal vez estemos olvidando que nuestras acciones personales, nuestros hábitos de consumo, pueden impulsar nuestros objetivos de un futuro mejor para las generaciones venideras.

Los lobbys negacionistas (el petrolero, el eléctrico, el químico…) pueden no ser sensibles a nuestras protestas, pueden no leer nuestros argumentos, pueden no escuchar a nuestros grupos medioambientalistas, pero no pueden evitar que con nuevos gestos conscientes dejemos de gastar nuestro dinero con el que de forma inadvertida contribuimos cada año a su economía contaminante.

Estos pequeños gestos tienen que ver con nuestras actuaciones cotidianas, en lo relativo a pautas de consumo en alimentación (carne y lácteos, hortalizas y verduras), en el uso racional de la climatización y otros electrodomésticos en nuestros edificios, en una movilidad urbana racional o en un comportamiento sensato en cuanto a bienes de consumo.

Las cifras oficiales sobre las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la ganadería oscilan entre el 15 y el 18 % del total, siendo el segundo sector tras el de generación y distribución eléctrica. Sin embargo el Worldwatch Institute, considera que en esta cifra hay muchas omisiones (aspectos no incluidos) y estima que las emisiones de GEI debidas la agricultura y la ganadería intensiva industrial llegan a ser el 51% del total.

Esto es más de la mitad del total, lo que quiere decir que tras haber “limpiado” las emisiones de GEI del transporte, de la energía, de la industria y del comercio en todo el planeta, aún nos quedaría la mitad de la tarea. Como ciudadanos debemos negarnos a tragarnos esta evidencia, y para ello no hay más remedio que rebajar notablemente (en un 80 %) nuestro consumo de carne, huevos y lácteos.

Otro efecto negativo del modelo de ganadería intensiva es la ocupación de los terrenos agrícolas. Según la FAO (2009), el 70 % de la superficie agrícola mundial se dedica a cultivar alimento (forraje, etc) para la ganadería, frente a un 30 % que se dedica a cultivar alimento para los humanos.

Si esta restricción voluntaria en el consumo de carnes y lácteos nos parece excesiva de entrada, podríamos considerar la posibilidad de abstenernos de consumir estos alimentos primero un día a la semana, luego dos, y así hasta donde seamos capaces. Incluso parcialmente será una de nuestras acciones personales con mayor impacto sobre el planeta, además de sobre nuestra salud.

El consumo de alimentos orgánicos nos beneficia ya que no ingerimos pesticidas. Pero además los alimentos ecológicos son cultivados sin fertilizantes sintéticos (químicos), muchos de ellos subproductos de la industria petroquímica. Cuando compramos unos tomates ecológicos le estamos dando una señal muy clara al lobby del petróleo y a los especuladores internacionales. Sin embargo, sobre la alimentación ecológica, además de un cierto desconocimiento, hay una cierta picaresca, y algunos estudios han cuestionado sus ventajas. 

Otra acción individual, muy asociada al concepto de slow food, es consumir bienes elaborados localmente a partir de productos locales, para evitar el disparate energético y ambiental de transportar mercancías durante miles de kilómetros. Y aquí, lógicamente, también entran los alimentos (los alimentos kilómetro cero o de proximidad) con las frutas y hortalizas locales cultivadas ecológicamente como lo ideal. El propósito de esta práctica es favorecer las economías locales, los cultivos variados y de temporada y mejorar los vínculos en la comunidad local.

Todo lo que sea reducir el transporte de bienes de consumo, una realidad muy fomentada por la globalización (consumir en Europa kiwis de Nueva Zelanda, manzanas de Sudáfrica…) que además supone una gran parte de desperdicios de alimentos en la cadena de frío, contribuye a mitigar el cambio climático.

21 de julio de 2017

La deuda de las ciudades con el campo

Las murallas de las viejas villas europeas de la Edad Media marcaron una diferencia entre dos tipos de sociedades. Dentro de las murallas los burgueses y artesanos se dedicaban a la actividad artesana y comercial. Fuera de las murallas la gente del campo se dedicaba a la agricultura y la ganadería, a la explotación de la tierra para obtener las materias primas y los recursos que les permitiesen sobrevivir.

Y así fue durante toda la época preindustrial. Para abastecerse de energía las zonas urbanas establecieron relaciones de simbiosis con el entorno, empleando la energía solar, hidráulica o eólica. Pero con la llegada de la industrialización, en el siglo XVII en Inglaterra y en el XIX en la Europa continental las reglas de juego cambiaron notablemente. Las murallas de las villas fueron derribadas, se hicieron planes de Ensanche y las ciudades industriales se expandieron, acaparando suelo de las zonas rurales y transformándolo para su uso en actividades residenciales o industriales.

Millones de personas abandonaron el mundo rural con rumbo a las grandes ciudades industriales. El campo fue quedando gradualmente despoblado y envejecido, mientras que los espacios próximos a las ciudades fueron absorbidos y transformados en suburbios residenciales o fabriles.

El espacio natural se vio profundamente alterado y sobreexplotado, el crecimiento del mundo urbano consumía espacios, recursos y materias primas que durante siglos habían estado en la órbita del mundo rural. Las ciudades acumularon riqueza y aumentaron su población a costa de despoblar y descapitalizar al campo.

Para abastecerse de energía las grandes urbes industriales olvidaron sus relaciones de simbiosis con la naturaleza y pasaron a establecer relaciones de dominio sobre amplios espacios rurales, con la construcción de grandes embalses (en zonas montañosa y cuencas de grandes ríos), de centrales térmicas (en zona mineras) o de centrales nucleares (en zonas rurales marginales) alejadas de los núcleos urbanos. Y además se tendieron grandes líneas eléctricas en alta tensión para el transporte de la energía eléctrica desde el campo a la ciudad.

Los ciclos de materiales y de energía intercambiados desigualmente entre el campo y la ciudad han supuesto, además del agotamiento de los recursos, la degradación ambiental y el calentamiento global. Las ciudades son grandes consumidoras de recursos en sentido amplio (alimentos, energía, agua, espacio) y grandes generadoras de residuos (residuos sólidos urbanos, residuos industriales, aguas residuales, etc).

En el mundo rural se vienen llevando a cabo las actividades del sector primario, mientras que en el mundo urbano, con una gran densidad de población y una buena dotación de infraestructuras, se desarrollan las actividades industriales y de servicios. Las ciudades resultan elementos clave para el desarrollo económico regional. Para la dotarse de las infraestructuras urbanas necesarias en el siglo XX se ocuparon amplias franjas periurbanas con líneas de ferrocarril, carreteras y autovías, grandes industrias y equipamientos (polígonos industriales, parques comerciales).

En vez de seguir considerando a la ciudad y al campo como sectores autónomos y en desigualdad de condiciones es preciso promover sinergias de desarrollo integrado de ambos tipos de territorio. A finales del siglo XX, en plena fiebre consumista, la moda de las segundas residencias en las “cercanías” de las grandes ciudades supuso la artificialización de amplios espacios del mundo rural. La oferta de actividades de ocio (centro de vacaciones, estaciones de esquí, campos de golf, puertos deportivos, ecoturismo) están permitiendo un ligero renacimiento económico en el mundo rural.

Pero la verdadera oportunidad de compensar y dinamizar al mundo rural, de saldar (tarde y mal) la deuda de las ciudades con el campo, puede estar en las energías renovables. En los últimos años se han desarrollados diversas tecnologías que permiten captar, transformar y usar la energía contenida en los flujos de la biosfera y de la litosfera. Estas energías (solar, eólica, mini-hidráulica, bioenergía, geotermia) se manifiestan de forma muy distribuida por los territorios y permiten una captación y un uso de forma muy descentralizada.

De todas estas fuentes de energía renovable la bioenergía, basada en el aprovechamiento de los recursos de la biomasa, es la más vinculada al mundo rural y la más versátil, ya que permite la obtención de energía eléctrica, energía térmica y biocombustibles sólidos (astillas, pellets), líquidos y gaseosos.


De esta forma el mundo urbano puede cubrir una buena parte de sus necesidades energéticas con generación distribuida en base a fuentes de energías renovables. Y el mundo rural se puede llegar a convertir en territorios autosuficientes e incluso en exportadores netos de energías renovables (eléctrica, térmica, motriz). La consideración de estos flujos como un bien común y la apropiación social de las tecnologías de generación eléctrica a partir de fuentes de energías renovables podría permitir la generación de riqueza en el mundo rural y en sus habitantes.   

Para ello es preciso en primer lugar articular mecanismos que permitan la participación de las comunidades locales en la propiedad de los proyectos. Por ejemplo, la ley danesa sobre energías renovables obliga a los proyectos eólicos a ofrecer un 20% de la propiedad a los residentes en un radio de menos de 5 km del emplazamiento. Pero además es necesario facilitar la participación de las comunidades locales en la toma de decisiones sobre los proyectos de energías renovables que les afectan. 

La tecnología de generación de energía existe y solo falta voluntad ciudadana para incitar la voluntad política que permita superar las barreras de los oligopolios para democratizar el sistema energético creado en el siglo XX y a la vez compensar la deuda que nuestras ciudades tienen con el mundo rural. De esta forma la tecnología de quedaría al servicio de un desarrollo armónico y sostenible de todos los sistemas del conjunto del territorio, avanzando claramente hacia el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de las Naciones Unidas.