22 de marzo de 2017

Recogida de residuos y puntos limpios

La recogida domiciliaria de los residuos urbanos es competencia de los entes locales. El servicio municipal recoger los residuos de los domicilios suele ser la segunda partida de gasto en los presupuestos municipales, tras los gastos de personal.

Tal como se ha visto en entradas anteriores desde hace bastantes años se recogen de forma separada distintas fracciones de residuos, para facilitar sus posibilidades de reutilización y reciclaje. Así, nuestras calles se han visto inundadas de contenedores para papel y cartón (color azul), para vidrio (color verde), para envases de plástico (color amarillo), para la fracción orgánica (color marrón) y para la fracción resto (color negro).

La mayoría de los ciudadanos no sabemos qué pasa con los residuos que depositamos, con mayor o menor esmero, en los contenedores de reciclaje. De hecho, a buena parte de los ciudadanos la palabra residuo nos suena a algo sucio, sin valor, indeseado, contaminado. En realidad un residuo es un material que no está ni en el lugar ni en el momento adecuado para poder ser aprovechado como material o como combustible. Por lo tanto es preciso trabajar para hacer converger materiales, logística y mercados para intentar llevarlos a su lugar y a su momento. Y esta logística debe ser iniciada por los entes locales, y seguida por las empresas y los ciudadanos.

En muchos países se están obteniendo niveles de reutilización y reciclaje de residuos que superan las exigencias fijadas en la Unión Europea. Hay muchos ejemplos de ciudades donde se reutilizan y se reciclan cada vez más toneladas y de más calidad, lo que implica mejores precios en el mercado, habiendo logrado pasar de un círculo vicioso a un círculo virtuoso. Y la clave del éxito ha sido la colaboración ciudadana.

Sin embargo existen otras fracciones de residuos que no se recogen a domicilio, ya sea por su tipología (voluminosos) o por la frecuencia con que se generan. Para estas fracciones somos los ciudadanos -que somos quienes generamos los residuos- los que debemos llevarlos a los denominados  puntos limpios, en una entrega que debe cumplir con ciertos requisitos técnicos y documentales.

Los índices de utilización ciudadana de estas infraestructuras son bajos. Los residuos que debieran entregarse en ellas (muebles viejos, enseres, electrodomésticos), se ven abandonados junto a contenedores y deben ser retirados por el servicio de recogida municipal, ralentizando la recogida y encareciendo el servicio. La confusión ciudadana y la dejadez de una parte son los principales obstáculos en la eficacia de la recogida separada de residuos.

O peor aún, el incivismo ciudadano, protegido por el anonimato y la nocturnidad, puede hacer que surjan vertederos ilegales en descampados. Se empieza con un ciudadano que deja abandonado un carrito de supermercado, luego alguien deposita su bolsa de basura dentro del carro, alguien más deja un sofá estropeado, a lo que siguen más bolsas de basura, televisores, etc. Si el ayuntamiento no identifica y retira rápidamente estos residuos, en un par de semanas se tiene un nuevo vertedero urbano ilegal. Además la basura tirada en las calles es perjudicial para la comunidad y puede atraer el crimen.

Ante estos fenómenos con nocturnidad y alevosía los ayuntamientos no pueden más que aumentar la sensibilización sobre qué, cómo y dónde se pueden aumentar las tasas de reutilización y reciclaje. Las redes sociales son un canal que se puede emplear para tener informados a los ciudadanos sobre lo que hace nuestros ayuntamientos con nuestros residuos, aunque los entes locales deberán tener cuidado con la denominada “fatiga verde”, ocasionada por la difusión a la ciudadanía de demasiados mensajes medioambientales. 

También hemos visto en entradas anteriores la posibilidad de generar actividad económica con amplio impacto social en base a la recogida y reciclaje de residuos. Tras décadas de haber desaparecido se empiezan a ver en nuestras ciudades negocios de reparación de aparatos eléctricos y electrónicos, lo que supone una interesante alternativa al usar y tirar.

Sobre la organización y disposición de algunos puntos limpios municipales, sería conveniente mejorar la ubicación y acceso a los contenedores de RAEE para no tener que “dejar caer” las TV y pantallas de ordenador desde una altura de 2 - 3 metros de forma que se rompan y se impida cualquier posibilidad de reutilizar o reparar el aparato.


Sobre el polémico asunto de si los hogares debieran ser penalizados por no reciclar o recompensados por reciclar, el consenso es que las zanahorias funcionan mejor que los palos. Debiera ser objetivo de los entes locales la mejora de la comunicación con los ciudadanos, proporcionando una información clara y acertada sobre las rutas de los residuos para obtener como recompensa una mejor respuesta ciudadana que permita obtener unos mejores índices de reutilización y de reciclaje. Aunque también es cierto que las ciudades donde mejores resultados se han obtenido en cuanto a reutilización y reciclaje son también las que se han atrevido a tocar los bolsillos de los ciudadanos, aplicando tasas de vertido para hacerlo menos viable por motivos económicos.

8 de marzo de 2017

La movilidad y la ocupación del espacio público urbano

Durante el último tercio del siglo XIX las principales ciudades españolas experimentaron transformaciones urbanísticas relevantes mediante sus planes de Ensanche. Estos ensanches urbanos, basados en cuadrículas ortogonales, estaban previstos para que los ciudadanos ocupen la totalidad del espacio urbano, sin ninguna restricción, para el paseo, el ocio, las relaciones sociales o los juegos infantiles.

El principal modelo de ensanche urbano del siglo XIX es el diseñado por Ildefonso Cerdá en Barcelona, con un espíritu utilitario, basado en cuadrículas de manzanas con chaflán para aprovechar el terreno al máximo. Este modelo fue seguido en los planes de ensanche de otras ciudades, como Madrid o Bilbao.

Ya en el siglo XX las ciudades europeas fueron rediseñadas para la creciente circulación de coches, en detrimento de los peatones, con una organización del tráfico rodado en torno a las manzanas (cuyo diseño no contemplaba coches, sino peatones y vehículos de tracción animal). Hace 100 años se inventaron los semáforos urbanos, una herencia del ferrocarril, para regular la circulación de vehículos peatones y los demás elementos del paisaje urbano.

Pese a la carta de Atenas (1933) y los derechos de los ciudadanos los coches invadieron el espacio público y los ciudadanos pasaron a tener que defenderse de unos nuevos armatrostes ruidosos que se movían a gran velocidad por unas cuadrículas urbanas no previstas para ello. A partir de los años 50 se empezaron a ver en las ciudades pasos cebra, isletas y enseguida los ciudadanos se vieron reducidos a ser peatones, a ser considerados por los ingenieros de tráfico como unos elementos de segunda clase ante el privilegiado coche. La planificación urbana del siglo XX se había dejado llevar por la tiranía del tráfico rodado y había dejado de lado a las personas.

Con el incremento de los coches en las ciudades, en plena revolución industrial basada en el petróleo, se decidió mediante ordenanzas municipales reservar la mayor parte de las vías públicas urbanas a unos nuevos artefactos fabricados para desplazarse lo más rápidamente posible por la ciudad. Dado que el tráfico motorizado aumentaba y esto era señal de progreso, había que adaptar las ciudades a este tráfico. Cuando el número de coches superó una cierta cifra se llegó a la congestión del tráfico, y fue entonces cuando se rompieron las ciudades para dejar paso a los coches. Al dar más importancia a los coches que a las personas los ciudadanos perdieron mucho espacio público (plazas, jardines) para la creación de amplios boulevards para el tráfico rodado, de viaductos, de aparcamientos, etc. Las ciudades dejaron de estar al servicio de los ciudadanos, su esencia se vio desgarrada por las nuevas infraestructuras viarias (años 70 y 80) y se convirtieron en un reducto de ruidos, de contaminación atmosférica, de despilfarro energético y de riesgos de atropello.

La circulación peatonal resulta difícil e incómoda y las condiciones para estar en la calle en las zonas públicas próximas a los edificios son muy deficientes, de forma que la mayoría de los ciudadanos prefiere quedarse en casa o acudir a espacios exteriores no públicos sino privados. Como afirma el arquitecto danés Jan Gehl, "los seres humanos somos previsibles; si se crean buenos espacios públicos acudimos en masa; si los espacios públicos son malos, los abandonamos".

Así, cuando se planteó la peatonalización de Stroget, la principal calle de Copenhague en 1962 hubo temores más o menos fundados de que podría quedar desierta. Había muchas voces críticas que afirmaban que los daneses no eran como los latinos. Pero la realidad es que las calles peatonales han seguido rebosantes de gente. Se ha demostrado que, si se hace con cabeza, restringir el tráfico en el centro de las ciudades no solo es más sano para los ciudadanos, sino que también puede reactivar la economía.

En 1963 el Ministerio de Transportes británico publicó el informe Traffic in towns, elaborado por el ingeniero y arquitecto Colin Buchanan, posteriormente editado como libro, donde advertía de los impactos de los coches en las ciudades, de las crecientes congestiones de tráfico y de los peligros de una planificación urbanística subyugada por un monstruo. Buchanan reclamaba una jerarquía de calles capaz de dar servicio a muchos usuarios, no solo a los coches.

El arquitecto y urbanista británico Theo Crosby afirmaba en 1965 que el tráfico no es lo importante, que no tiene sentido planificar el urbanismo para el tráfico sin planificar aún más intensamente otras necesidades humanas.

Pero la realidad es que seguimos circulando en nuestros coches en desplazamientos urbanos por cuadrículas con sentidos de circulación alternada, sufriendo atascos, aumentando la contaminación atmosférica y obteniendo velocidades de 15 km/h, pero los ciudadanos nos resistimos a abandonar nuestro coche particular para movernos por la ciudad. En búsqueda de atajos los conductores nos metemos por cualquier calle, sea principal o secundaria, por lo que no es posible hacer vida social en el exterior de las ciudades.

Una referencia de éxito es la ciudad de Pontevedra (82.000 habitantes), con su centro histórico totalmente peatonalizado desde  1999 y con el resto de la ciudad con la velocidad limitada a 30 km/h. Tampoco aquí se cumplieron los temores de ciudadanos y comerciantes y el alcalde capaz de la audacia de retirar los coches -médico de profesión- ha repetido mandato hasta hoy, mientras que la ciudad ha recibido diversos premios internacionales. Su inspiración fue la obra "La ciudad de los niños" del pedagogo italiano Francesco Tonucci, y la creencia de que los niños deben ser capaces de ir ellos solos caminando a la escuela. Ante el dilema de elegir entre la libertad y autonomía que demandan los niños y la seguridad y el control que demandan los padres, el urbanismo ha apostado por los niños. Según Tonucci las calles son peligrosas cuando no hay niños.



Para revertir la situación en la cual las personas de a pie están supeditadas a las personas en coche, la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona ha creado hace unos años un modelo funcional y urbanístico que permite el cambio de usos de algunos espacios urbanos. Y Barcelona, pionera con el Ensanche de Cerdá, también ha sido pionera con una propuesta integradora que podría cambiar la ciudad y la calidad de vida de los ciudadanos, por medio de una nueva célula urbana básica de nivel superior a la manzana, la super-manzana o super-isla, adaptada a las características de los flujos motorizados.

En el Plan de Movilidad Urbana (PMU) vigente en Barcelona ya se ha considerado la reorganización de la red de transporte público en superficie (autobuses), mediante una red ortogonal según el concepto de super-manzanas. El tráfico principal discurre por las vías exteriores de estas super-manzanas. Para entrar en las células urbanas hay paneles indicadores de velocidad restringida a 20 km/h. En los casos que ya se ha efectuado este cambio se ha comprobado un aumento de la actividad económica (incremento del comercio de barrio) y se ha llenado de vida el espacio público. Si este plan para Barcelona se desplegase en todo su potencial (500 super-manzanas) se podrían recuperar 7 millones de metros cuadrados que hoy ocupan los coches, sin derribar ni un solo edificio, al transformar los cruces de las calles (achaflanados) en nodos vecinales, un espacio de unos 2.000 m2,donde tienen lugar múltiples actividades sociales, como en la plaza de los pueblos.

Otra aplicación de esta misma idea de ciudad para los ciudadanos ha sido en Vitoria, donde se ha definido una zona con tráfico restringido recuperar las dos terceras partes del espacio urbano que ahora está dedicado a los coches de paso.

La ciudad existe cuando hay espacio público con vida, cuando están pensadas para los niños, cuando no están atestadas de coches. Hay actuaciones de referencia que pueden servir de modelo para recuperar los derechos de los ciudadanos, perdidos hace décadas: desplazamiento, intercambio (relaciones sociales), expresión y participación, ocio, recreo, cultura y conocimiento... Para llevarlas a cabo en el sur de Europa hace falta lo que ya se aplica en el norte: una demanda ciudadana organizada y participativa y más visión y coraje por parte de los dirigentes municipales.

27 de febrero de 2017

Casas pasivas

El sector de la edificación ha funcionado durante muchos años al margen de la conciencia sobre el ahorro energético. Una vez construidas, las viviendas se venden, de forma que el propietario -quien disfruta (o sufre) la vivienda- tiene poco que hacer en cuanto a su diseño y construcción.

Además, nuestros hábitos poco maduros como consumidores hacen que el gasto en energía en las viviendas sea cada vez más alto. En entradas previas se ha comentado el despilfarro energético de la mayoría de nuestras viviendas.

Dentro de las últimas tendencias en arquitectura y ahorro energético están las casas pasivas, diseñadas para ahorrar. Los edificios pasivos (del alemán Passivhaus) son aquellos que cumplen un determinado concepto de diseño y construcción de viviendas, desarrollado por Bo Adamson (de la Universidad de Lund, Suecia) y Wolfgang Feist (del Instituto de Vivienda y Medio Ambiente IWU de Darmstadt) tras varios años de colaboración para poner en común estudio previos sobre construcciones tradicionales en lugares como Islandia o China y sobre los materiales de aislamiento, los espesores y las formas constructivas que permiten ahorrar energía aislando adecuadamente los edificios.

Las carencias energéticas de muchas vivencias se pueden resolver con grandes gastos en calefacción o con reformas en las que el ahorro energético esté entre los objetivos principales. Para no pasar frío en una casa, o nos gastamos un dineral en calefacción, o vivimos con el jersey puesto o “le ponemos el jersey a la vivienda”. 

La primera vivienda pasiva se la hizo construir Wolfgang Feist en Kranichstein, Darmstadt, Alemania, en 1991, al darse cuenta de las ventajas que obtendría. La reducción en demanda de calefacción fue tan notable que la compañía de energía fue a cambiarle el contador, al creer que estaba estropeado y leía de menos.


Este concepto (el Passivhaus standard) surgió en Alemania, cumple ahora 25 años y no implica el uso de un tipo de producto, de material o de estilo arquitectónico concreto, sino que busca la optimización de los recursos existentes por medio de técnicas pasivas, con énfasis en el aislamiento, la estanqueidad y la renovación de aire.

Estas viviendas consiguen reducir en un 75% las necesidades de energía para calefacción y refrigeración respecto a las de una vivienda que cumpla con lo exigido en el Código Técnico de la Edificación. Su diseño y construcción permiten que la poca energía que demanda se puede cubrir con facilidad a partir de energías renovables (placas solares, bombas de calor), convirtiéndose en una construcción con un coste energético muy bajo, tanto para el usuario como para el planeta.

El concepto pretende reducir al mínimo la transmitancia térmica, que es el flujo de calor por unidad de tiempo y de superficie. Los principios básicos del diseño y construcción de las casas pasiva son:

- Aislamiento térmico de la envolvente, con unas paredes exteriores, una cubierta y una solera de baja transmitancia térmica. Los espesores del aislamiento térmico dependerán de la zona climática donde se diseñe el edificio 
- Huecos (puertas y ventanas) de alta calidad, con carpinterías de baja transmitancia térmica y ventanas de doble o triple vidrio rellenas de gas inerte (especial cuidado durante la construcción)
- Ausencia de puentes térmicos, lo que implica un especial cuidado y supervisión de que durante la construcción no se interrumpa la capa de aislamiento, así como que las juntas queden correctamente
- Ventilación mecánica con recuperación del calor desprendido por personas y electrodomésticos
- Estanqueidad de la envolvente exterior

Este concepto de “casa con jersey” no solo es energéticamente eficiente, sino que también es asequible y confortable, y permite disponer de edificios duraderos y de alta calidad. En 25 años se han mejorado mucho los aislamientos, las ventanas y los cerramientos acristalados. Si está bien aislado, un edificio consume poca energía, y aislar no sale tan caro. 

La gran diferencia con la edificación convencional es la integración del diseño y de la construcción, la planificación, la coordinación y supervisión de todas las etapas.

Sin embargo en la práctica está poco difundido, ya que en todo el mundo hay del orden de 15.000 viviendas pasivas certificadas, de las que el 1% están en España. Los países con mayor penetración con Alemania, Suecia, Dinamarca, Bélgica. El concepto y las herramientas están disponibles en todas partes. La diferencia entre un país y otro es la voluntad de actuar en este campo. Cuando se generalice este tipo de edificación el mapa energético cambiará sensiblemente.

14 de febrero de 2017

Mundo de plástico, continentes de plástico (II)

El efecto combinado durante muchos años de la invasión del plástico en nuestras vidas y nuestra cultura de usar y tirar está teniendo sus impactos ambientales. Los residuos de plástico desechable que generamos cubren nuestra tierra (enormes vertederos) y también nuestros mares. En efecto, muchos de nuestros residuos plásticos acaban en el mar al ser directamente arrojados o indirectamente arrastrados por vientos y cauces fluviales. En general los residuos plásticos flotan y las corrientes marinas se los llevan mar adentro, hasta que se concentran en áreas marinas donde se crean masas de agua estables. 

Durante muchos años estos residuos sintéticos “desaparecían” en el mar, aunque algunos científicos ya sospechaban algo. En 1997, en una singladura a vela desde Los Ángeles a Hawai, el navegante Charles Moore se adentró en una zona poco frecuentada por barcos y se encontró casualmente con un enorme continente de plástico situado en el giro oceánico del Pacífico norte, el mayor sumidero de materiales plásticos del planeta, ubicado a 900 km de la costa de California y cerca de la costa de Japón.

Esta inmensa mancha, de 1,4 millones de km2 (casi 3 veces la superficie de España), está formada por unos 100 millones de toneladas de residuos de plástico que se mantienen en su sitio debido a las corrientes submarinas. Pese a su gran tamaño esta isla de plástico resulta difícil de ver (en fotos de satélites) y de localizar con radares.


Impresionado por su descubrimiento, Moore, heredero de una fortuna debida al petróleo, se convirtió en un investigador y divulgador de la contaminación marina debida a los plásticos. En 1999 fundó la Algalita Marine Research Foundation. Arrastradas por los vientos, las mareas y las corrientes marinas las partículas de plástico forman, junto con otros residuos, grandes zonas de remolinos donde se acumulan residuos pegajosos. Se han identificado cinco manchas principales en los océanos al Norte y al Sur del Ecuador, en la latitud de los grandes desiertos terrestres en Estados Unidos. Y se ha estimado que estos "giros oceánicos" ocupan casi el 40% de la superficie de los océanos del planeta.

Se estima que el 80 % de los residuos que forman estas islas de plástico procede de las costas (desde la costa Oeste de EEUU llegan en 5 años, desde la costa Este de Asia llegan en 1 año), mientras que el 20 % restante procede de vertidos desde barcos o plataformas petrolíferas, o incluso de boyas, redes, jaulas y tubos de plástico empleados en acuicultura (criaderos de ostras, de erizos de mar) que se sueltan en los temporales y desaparecen arrastradas por el mar.

Una de las atracciones del parque temático francés Futuroscope consiste en limpiar los océanos de todos los residuos de plástico que forman el llamado octavo continente.

Las consecuencias nocivas para la humanidad de esta "huella plástica" son diversas, algunas ya conocidas y otras aún por descubrir. Es sabido que los plásticos se degradan de forma muy lenta en fragmentos diminutos en un proceso que dura decenas de años.

Otro problema cuyo impacto trasciende lo medioambiental es el de los microplásticos. Los microplásticos son pequeños fragmentos (menores de 5 mm) de plásticos formados a partir de trozos mayores por la acción del sol o de las olas, o bien que se producen en estos tamaños, para la industria cosmética. Es también sabido que en muchas zonas las concentraciones de microplásticos en las aguas superan a las de plancton y otros organismos vivos y que cientos de especies confunden estos plásticos con su alimento natural, ingiriendo productos tóxicos que ocasionan alternaciones en los estómagos e hígados de peces y pájaros marinos. Y uno de los principales peces usados como cebo en pesca con anzuelo, el pez linterna, ingiere abundantes fragmentos de plástico, lo que amenaza el futuro como nutriente alimenticio de especies como el salmón, el atún, el pez espada y otros peces pelágicos que consumimos los humanos.

Resulta evidente que estos residuos de plástico proceden de la actividad humana. Cada año se añaden entre 8 y 10 millones de toneladas a esta isla de basura plástica. Entre la sopa de plástico se han encontrado cepillos de dientes, maquinillas de afeitar, jeringuillas, pelotas o piezas de Lego. Sin embargo nadie se hace responsable de este desaguisado, al estar en aguas internacionales. Prácticamente "nadie" pasa por ahí, el hecho se ha difundido poco -ojos que no ven, corazón que no siente- y ha dominado la desidia de las administraciones. Ante un problema de alcance planetario las normativas nacionales sirven de bastante poco.

En un estudio de Algalita en 2010 en los ríos Los Ángeles y San Gabriel en California, tomando muestras durante tres días, se descubrió que por estos ríos, que atraviesan los principales centros urbanos del sur de California, habían circulado arrastrados unos 2.300 millones de trocitos de plástico, desde espuma de poliestireno hasta pequeños fragmentos y bolitas. Las medidas tomadas por las administraciones han sido tapar alcantarillas o apantallar los cauces fluviales para que los residuos plásticos desechables no se vean arrastrados al mar.

Si no se toman medidas nos veremos realmente ahogados entre residuos de plástico desechable. Un estudio de la Fundación Ellen MacArthur estima que en 2050 el consumo de plásticos desechables será 900 veces superior al de 1980, que habrá en los océanos más cantidad de plásticos de que de peces y que el 99% de las aves marinas habrán ingerido plásticos. Sólo desde el punto de vista económico esto supondría arrojar al mar materiales de empaquetado plástico cuya producción costaría 120.000 M$. En palabras de Charles Moore, "mientras la humanidad no sea capaz de atajar el flujo de plásticos a los mares la principal amenaza a nuestro antropoceno no hará más que agravarse".

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) acaba de presentar una iniciativa para suprimir en 2022 las principales fuentes de residuos plásticos en el mar: los microplásticos y los residuos desechables de un solo uso. En paralelo a actuaciones empresariales, ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie para afrontar este problema? Básicamente replantearnos nuestros hábitos de consumo y renunciar a los plásticos duros desechables: no usar platos, vasos ni cubiertos de plástico, usar bolsas reutilizables para la compra, comprar productos a granel para evitar envases y embalajes, beber agua del grifo antes de comprar agua embotellada y no consumir cosméticos (jabones, pasta dentífrica, exfoliantes) que contengan microesferas.