20 de noviembre de 2015

Políticas socio-económicas y políticas climáticas

El Protocolo de Kioto sobre el cambio climático se firmó en 1997, entró en vigor en 2005 y se mantuvo hasta 2012. Fue un compromiso internacional de reducción de emisiones de GEI (gases de efecto invernadero), que solo afectaba a determinados sectores (industriales) y al que se adhirieron de forma voluntaria determinados países (no los EEUU).

La realidad es que los responsables de las emisiones de GEI que causan el calentamiento global hemos sido unos pocos (Europa y los EEUU, durante nuestras muchas décadas de desarrollo industrial), mientras que los afectados, en mayor o menor medida, han son todos los países del Planeta. Y ahora que algunos países (China, India) empiezan su desarrollo industrial hacia el estado del bienestar del que disfrutamos nosotros, ¿con qué derecho les podemos condicionar su desarrollo -limitando sus emisiones de GEI- cuando somos nosotros los causantes del estropicio?.

Cuando se empezaba la negociación internacional para el escenario post-Kioto, hace casi 10 años, el gobierno británico de Tony Blair encargó al economista Nicholas Stern un informe sobre las consecuencias económicas del cambio climático, como se ha comentado en alguna entrada anterior.

La publicación de este informe suscitó expectativas de actuaciones políticas certeras, pero la crisis económica global de 2008, con sus políticas de ajustes presupuestarios y austeridad, echó por tierra cualquier actuación eficaz. La locomotora de la UE, el paladín mundial de la lucha contra el cambio climático, se frenó debido a la recesión económica de algunos países, lo que acabó con las iniciativas emprendidas previamente.

Con el estallido de la crisis mundial de 2008 la atención de nuestros dirigentes políticos se centró en otros asuntos económicos ajenos a los expuestos en el informe Stern. En vez de invertir como locos para generar empleo y combatir el cambio climático en la UE nos hemos centrados en políticas de austeridad. Pese a las evidencias científicas de la amenaza del cambio climático y sus repercusiones económicas, y pese a los avances técnicos que demuestran que es posible actuar, se han desaprovechado unos años con los tipos de interés por los suelos y con muchos recursos humanos no utilizados. Ha quedado demostrado que atender simultáneamente a la recesión y al cambio climático es demasiado pedir para nuestros políticos.

Se ha perdido una oportunidad única de lanzar diversas revoluciones en paralelo, canalizadas a combatir el cambio climático: la revolución energética, la revolución digital, la revolución de los nuevos materiales y la revolución de la biotecnología.

El principal motivo para no actuar ha sido la miopía y la falta de liderazgo de nuestros políticos (nacionales y europeos). Tras el fiasco de la COP de Copenhague de 2009 (con declaraciones huecas y trampas para ganar tiempo) y el acuerdo de la COP de Cancún de 2010 de limitar el calentamiento global de 2ºC, en breve nos llega una nueva (¿última?) oportunidad en la COP de París de 2015. Los compromisos de reducción de emisiones de GEI acordados hasta ahora han sido claramente insuficientes y hay muchos intereses a conciliar. En los últimos años las emisiones de GEI se han reducido en la UE, se han contenido en los EEUU y se han disparado en China.

Por suerte hay excepciones, como la visión de Alex Salmond, economista y político nacionalista escocés y ex Primer Ministro de Escocia: "Ahora que el mundo se mueve con paso vacilante hacia la recuperación económica, veo a la inversión en economía verde como una de las claves en la recuperación general de la economía mundial. Las actuales dificultades económicas debieran ser un estímulo y no un obstáculo para ese esfuerzo".

Pero hay algunas razones más para el optimismo: más de 150 países han adelantado ya compromisos voluntarios y la negociación internacional parece ser más productiva. En París tenemos la oportunidad de gestionar bien un cambio de modelo que es inevitable, dando señales para que se aborden las inversiones previstas. Los compromisos que se acuerden en París entrarán en vigor a partir de 2020.

En cuanto a sectores, la industria ha hecho sus deberes hace tiempo -aunque aún hay un camino por recorrer- y ahora hace falta actuar sobre el transporte y sobre las viviendas, con la generalización del vehículo eléctrico en las ciudades y las intervenciones sobre el parque de viviendas existente, a pesar de las zancadillas de los lobbys energéticos. 

La UE se juega su futuro económico e industrial y debe propiciar la transferencia tecnológica (paneles fotovoltaicos, almacenamiento de energía eléctrica, climatización, agricultura, usos del suelo, gestión de residuos) y la ayuda al desarrollo para que los países en vías de desarrollo tengan los mismos derechos al estado del bienestar.

Para ello nos tenemos que poner las pilas todos: ciudadanos, empresas y políticos. Y somos los ciudadanos, en nuestro papel de consumidores y de electores quienes tenemos la sartén por el mango.

11 de noviembre de 2015

El consumismo desenfrenado

Una vieja frase afirma “ten cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir”. Vivimos en una sociedad de consumo, en la que los ciudadanos suspiramos por la compra de bienes no esenciales, lo que nos proporciona una satisfacción…. momentánea.

Esta economía de consumo se basa en el marketing y en la publicidad de productos y servicios que supuestamente proporcionan la felicidad. Esta compra excesiva de artículos para un uso no excesivo supone un uso excesivo de recursos básicos y una generación excesiva de residuos.

Hace no mucho tiempo, hasta hace un par de generaciones, la sencillez y frugalidad se consideraban virtudes. Sin embargo en la actualidad la mayor parte de nuestra economía se basa en el consumo.

En la segunda mitad del siglo XX, los EEUU, como líderes de la economía capitalista mundial, se vieron obligados a transformar su potente sistema productivo desarrollado durante la segunda guerra mundial a un escenario de paz (a pesar de la guerra fría). Y la decisión de la administración Eisenhower de los años 50 fue orientar la economía estadounidense no hacia reducir la pobreza y el hambre, ni a mejorar la vivienda, la educación, la atención sanitaria o el transporte, sino hacia la producción de bienes de consumo, con el desarrollo de técnicas de marketing, publicidad y ventas (con Edward Bernays, el guru de la propaganda, al frente) para suscitar la demanda y para dirigir y controlar el consumo. 

Debido a la influencia internacional de los EEUU, en todas las sociedades industriales avanzadas una buena parte de la población es capaz de satisfacer sus necesidades básicas, existiendo una potente publicidad que les incita al consumo de bienes no básicos. El consumo es la etapa final del proceso económico productivo.

Vivimos en una sociedad en la que el consumo es un hecho estructural, que llega a todas partes del planeta, aunque de forma muy desigual. Y en todo el planeta los consumidores tenemos el mismo comportamiento. Según un informe del Woldwatch Institute en el mundo somos menos de un 30% los consumidores, que vivimos bien a costa de más de un 70% que vive mal. El despilfarro de unos pocos se impone a los derechos (como consumidores) de todos.

Según cifras de la organización WRAP, los consumidores británicos conservan en sus hogares 1.700 millones de artículos sin usar (el 30% de la ropa, lo que supone una media de 25 artículos por persona), que al comprarlos nuevos costaron 40.000 M€, pero en 2013 estos mismos consumidores se gastaron 56.000 M€ en ropa nueva (una media de 900 € por persona), una cifra equivalente a 2.200 € por hogar y que supone el 5 % de las compras en tiendas.

Esto es solo un ejemplo que cuantifica nuestras adquisiciones absurdas, pero en nuestra sociedad consumista que prioriza lo material hay muchas cosas más importantes que las personas: el dinero, la moda, los objetos de lujo, la satisfacción de los impulsos, etc.

El perfil típico del consumidor excesivo, que las técnicas de marketng y publicidad se encargan de multiplicar mediante campañas de manipulación psicológica, corresponde a una persona compulsiva en el trabajo pero insatisfecha en su trabajo, no muy reflexiva, que pasa horas cada día frente a la TV, que lleva una vida sedentaria, aburrida, insatisfecha y ansiosa por consumir, que da mucha importancia a las apariencias, a quien gusta poseer muchas cosas y a quien atraen las novedades y los chismorreos, y que -evidentemente- cree que los residuos son algo normal y no le preocupa qué sucede cuando se recoge su cubo de la basura.


Y estos millones de ciudadanos adictos a la compra compulsiva viven absorbidos en la cultura global del consumo, con sus ofertas, sus promociones (2 x 1, cuando en realidad no necesitamos ni siquiera uno) y sus nuevos incentivos (black Friday…), viviendo la religión del consumismo absurdo e impulsivo, con sus ídolos materialistas (las celebrities que aparecen en los anuncios de TV), sus herramientas de consumo (las tarjetas de crédito), sus festividades (las rebajas) y sus catedrales (los centros comerciales).

Esta inducción al consumo excesivo ha hecho que para comprar pasemos del comercio de barrio -para satisfacer nuestras necesidades básicas a la vez que se conservan las relaciones sociales- a los grandes centros comerciales impersonales, situados en las afueras de las ciudades y que implican el desplazamiento de miles de coches.

Es bien sabido que la generalización del consumo excesivo amenaza seriamente a los recursos naturales y al equilibrio ambiental huella ambiental. Muchos productos van acompañados de muchos envases y envoltorios para hacerlos más atractivos. Y los papeles de envoltorios contienen materiales compuestos que impiden su recuperación en las plantas de reciclaje. Alejarnos de este disparate de despilfarro y regresar al equilibrio y al sentido común sí que es un tema de conciencia ciudadana.

Una frase atribuida a Séneca nos sugiere "comprar solamente lo necesario, no lo conveniente; lo innecesario, aunque cueste un solo céntimo, resulta caro".

El científico canadiense de origen japonés David Suzuki, gran difusor de las ciencias naturales, afirma que cuando el consumo se convierte en la razón misma de la existencia de las economías occidentales las cuestiones que nos debiéramos plantear son: ¿para qué necesitamos todas estas cosas? ¿somos más felices por el hecho de poseerlas? ¿cuánto es suficiente? ¿nos proporciona nuestro elevado nivel de consumo una elevada calidad de vida?

La prioridad debe ser satisfacer las necesidades de toda la población del planeta. Por suerte cada vez somos más los consumidores adultos que aún vamos contra corriente, pero que hemos elegido un camino más sensato y solidario. Y es muy importante que nuestros hijos nos acompañen en este viaje.

19 de octubre de 2015

La riqueza del petróleo

Los yacimientos de recursos energéticos fósiles (petróleo y gas) se encuentran desigualmente repartidos por el mundo. En teoría los países ricos en petróleo debieran ser capaces de haber desarrollado el bienestar social de sus ciudadanos. En la práctica, la explotación de estos yacimientos ha supuesto para los países productores fuertes ingresos económicos, que han contribuido de forma muy dispar a la prosperidad de sus habitantes.

Por ejemplo, el hallazgo de grandes cantidades de petróleo y gas en el Mar del Norte en 1980 condujo a dos modelos muy distintos de administración de la nueva fuente de ingresos. Por una parte el Reino Unido, el antiguo imperio y potencia industrial, ha aplicado estos nuevos ingresos para aliviar sus presupuestos anuales. Por otra parte Noruega ha administrado sus recursos mediante empresas estatales, ha creado un fondo soberano enorme que garantiza ayudas sociales y permite fomentar la I+D, lo que ha hecho de Noruega uno de los países más prósperos de mundo.

Fuera de Europa hay muchos más casos de países ricos en petróleo y gas cuyos ciudadanos no son partícipes de estas riquezas. México, Venezuela, Rusia o los países árabes dan muestra de grandes fortunas concentradas en muy pocas manos y de miseria social. Por ejemplo Indonesia es un gran productor de petróleo y es miembro del G20. Pero también es un país con mucha pobreza y un alta tasa de corrupción. El clérigo y líder musulmán indonesio Abu Bakar Bahir ha afirmado que "la riqueza del petróleo ha sido una maldición para nosotros;  nos ha hecho débiles y dóciles".

El lobby petrolero ha sido capaz de conseguir que durante muchas décadas ha habido grandes apoyos públicos (rebajas fiscales) a las exploraciones de combustibles fósiles. Informes del World Watch Institute y del -en estos temas- poco sospechoso Fondo Monetario Internacional demuestran que se dan más subvenciones a los combustibles fósiles que a las energías renovables.


El futuro de la economía del petróleo y del gas, de la buena o mala administración de los ingresos de los países productores, va a depender del énfasis que se ponga en cumplir con los compromisos internacionales de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). En la COP de Cancún (2010) se llegó al acuerdo de limitar las emisiones de GEI de forma que se evite un aumento de la temperatura media global de más 2ºC por encima de los niveles de temperatura en la época pre-industrial.

Según cálculos de Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK), para que las probabilidades de superar el límite de 2ºC no superen el 20%, las emisiones totales de CO2 entre 2000 y 2050 no deben rebasar las 886 Gt (gigatoneladas). Las emisiones reales hasta 2010 han sido de 321 Gt, por lo que tan solo nos queda un remanente de 565 Gt para emitir hasta 2050.

En base a estos cálculos, un informe de la iniciativa Carbon Tracker (2011), un think tank británico, alerta de una más que posible burbuja del carbono y del riesgo creciente de invertir en combustibles fósiles. Dicho en breve, grandes partes de las reservas en cuyos descubrimientos y exploraciones nos estamos gastando miles de millones de euros al año tendrán que quedarse sin quemar si nos proponemos evitar más de 2ºC de incremento de la temperatura global. Las reservas de combustibles fósiles equivalen a unas 2.860 Gt, cifra que se debe comparar con el tope comprometido de 565 Gt. Esto supondrá dejar enterrados bajo tierra del orden del 80% de unos recursos energéticos actualmente muy cotizados, lo que puede desencadenar una crisis financiera global bastante más seria que la de 2008, de la que 7 años más tarde estamos empezando a salir.

Ante esta encrucijada los gobiernos pueden tener visión a corto plazo, visión a largo plazo o falta de visión. Solo mediante una visión a largo plazo será posible diseñar un mix energético donde las fuentes de energía limpia tengan cada vez más peso, teniendo claro que siempre hará falta el soporte de combustibles fósiles. El remanente de emisiones de CO2 que nos podemos permitir hay que administrarlo con sentido común y equidad.

Pero sí hay algo seguro: cualquier plan basado en restringir el acceso a combustibles baratos está condenado al fracaso desde el comienzo, por lo que no tenemos otra opción más que afrontar el problema y crear soluciones sostenibles a largo plazo. El despliegue de las energías renovables hasta los niveles necesarios para no superar los 2ºC de calentamiento global no tendrá lugar hasta que capitales no ajusten el precio asignado a las reservas de combustibles fósiles.

5 de octubre de 2015

Ciudades bajas en carbono y ciudades inteligentes

El economista holandés Peter Nijkamp, junto con otros investigadores, define como ciudad inteligente (smart city) a aquella ciudad en la cual las inversiones en capital humano y en capital social, así como las infraestructuras de comunicaciones tradicionales (transporte) y modernas (TICs) impulsan un crecimiento económico equilibrado y una alta calidad de vida, a través de una gestión eficiente de los recursos naturales y de una gobernanza participativa.

Por otro lado, una ciudad o una economía baja en CO2 asegura elevados niveles de vida a la vez que aumenta la eficiencia en cuanto a emisiones de CO2 en la producción y consumo de bienes y servicios. La ciudad baja en carbono debe reducir sus emisiones de GEI, tanto las directas como las indirectas.

Ambas definiciones incluyen los términos de eficiencia económica y ambiental, alineadas con los planteamientos de la economía circular.

En muchas ciudades europeas se han lanzado proyectos de smart cities, los ciudadanos oímos cosas pero parecen conceptos difusos. Existen diferentes visiones sobre qué es una ciudad inteligente. Para las empresas de telecomunicaciones la clave es una plataforma tecnológica (TIC), para las empresas de servicios la calve son las infraestructuras y los servicios urbanos, y para las empresas energéticas la clave son la movilidad y las redes eléctricas inteligentes.

Sin embargo una ciudad inteligente tiene más ingredientes, ingredientes intangibles que no pueden ser suministrados por este tipo de empresas. Según el Libro blanco de las smart cities, una ciudad inteligente es un espacio de competitividad en el cual existen unos mecanismos de mercado en torno a los cuales surgen iniciativas para proporcionar mejores servicios a los ciudadanos.

Las seis facetas a manejar cuando se habla de ciudades inteligentes son la economía, las personas, la vida ciudadana, la gobernanza, la movilidad y el medio ambiente. De estas 6 facetas las más recurrentes en los proyectos de smart cities son el medio ambiente y la movilidad.

Se han hecho estudios en busca de una definición medible de una ciudad inteligente, en función de su capacidad de acumular, conservar, integrar y perfeccionar su legado de capital físico, capital natural (los ecosistemas) y capital social (el bienestar humano).

Para comparar ciudades inteligentes y ciudades bajas en CO2 se han elaborado diferentes clasificaciones.

Los rankings de ciudades bajas en CO2 se basan en emisiones per cápita, a partir de los inventarios de gases de efecto invernadero.

Los rankings de ciudades inteligentes se basan en índices compuestos, con distintos indicadores y ponderaciones. En 2007 se elaboró un primer ranking de smart cities europeas, entre 70 ciudades de tamaño medio (entre 100.000 y 500.000 habitantes). Para ello se establecieron más de 30 indicadores, agrupados en las seis facetas antes mencionadas. Los indicadores considerados para medir cómo de inteligente es una ciudad fueron los siguientes:


De todos estos indicadores hay pocos que puedan ser suministrados por empresas tecnológicas, de servicios/infraestructuras o energéticas. Tal como se decía en una entrada anterior, una ciudad inteligente tiene que estar dentro de una sociedad inteligente y estos intangibles son temas de dirigentes políticos con visión de futuro y, sobre todo, de los ciudadanos.

Por cierto, este ranking estuvo encabezado por ciudades danesas, finlandesas, holandesas, austriacas, pero ninguna del Sur de Europa entre las 20 primeras. Para encontrar las diferencias podemos volver a repasar la lista de indicadores. ¿Todavía somos tan distintos?